Conecta con nosotros

Fútbol

Oubiña frustra el festival de Messi

Entre el loor de Rosario y la náusea de Bolivia, la exigencia de Saint Denis y el Parque de los Príncipes, el Milan y el PSG o la esperanza por Vilanova y Abidal, el Barcelona tiene cuestiones futbolísticas domésticas por resolver. Por ejemplo ganar una Liga, torneo que domina quien obtiene réditos de las buenas tardes, pero también de las regulares. El Barcelona suele hacerlo, el Celta no. Uno atisba la Liga, el otro se asoma al descenso. Pero en el fútbol el guion se escribe cada minuto. Con Iago Aspas en la grada, con su ineficaz sustituto, el coreano Park, sustituido, apareció al final Borja Oubiña para rematar en plancha un centro de Orellana y darle un punto al Celta, premiado por insistencia y esfuerzo.

Si hoy es sábado, esto es Balaídos, pareció decirse el Barcelona durante largos minutos de la primera parte, a la espera, como si aguardara perezoso las maletas ante la cinta de un aeropuerto, pertrechado en una alineación de circunstancias, magra excusa ante un rival huérfano de alguno de sus futbolistas más determinantes. Los focos siempre alumbran a los grandes, solo se debate sobre sus glorias o miserias, pero en el debate de las ausencias en ésta cita en Balaídos no cabe duda: ambos equipos las padecían, pero con una consideración, cada suplente alineado por el Barcelona sería capitán general en el Celta.

Aún así el equipo de Abel compitió con bravura, pero sobre todo con un plan más compatible con sus características que el exhibido en pasadas semanas. Habrá que ver si fue la reflexión en la caseta tras la debacle de Riazor o la exigencia de un oponente que empuja hacia atrás a cualquier escuadra, pero el técnico matizó la propuesta inicial que predicó a su llegada a Vigo: agrupó a sus chicos 15 metros más cerca de la meta de Varas, guardó y no expuso a sus centrales, que no son precisamente velocistas a los que agrade jugar ante grandes espacios. Nada extraordinario, en cualquier caso, para el Barcelona, acostumbrado a este tipo de jeroglíficos, pero que mostró un perfil diferente del habitual.

Así lo exigían las características de bastantes de sus hombres, más profundos que dotados para el juego de posición. De inicio le faltó velocidad al Barça en la circulación de la pelota, pero se destrabó a fuerza de querer ser concreto. Y por ahí, sin paciencia, se desmadejó porque Thiago se perdió y Fábregas, en una salsa de la que gusta mojar, no apareció.

Encontró surtido en un pasador inesperado, en Messi. Inesperado más por su continuidad en esa suerte que por la probada capacidad de un futbolista que puede con cualquier tarea que afronte. En Balaídos completó toda una rueda del campeonato anotando gol. Lleva 43 y quedan nueve partidos. Cualquier plusmarca que antes pareciera sideral se ha convertido en terrestre gracias a su talento y voracidad.

Messi, que además saltó al campo por primera vez portando el brazalete de capitán en un partido de Liga con el Barcelona, ya no es aquella melenuda promesa que pisó el coliseo vigués por primera vez hace seis años y medio para marcarle un gol a su ahora amigo y compañero Pinto. Desde entonces colecciona balones de oro y matices en su juego. Y siempre está porque a medida que crece le adorna una de las características del niño que disfruta del balón: odia el banquillo.

El argentino fue principio y fin de un Barcelona sin jerarquía en la medular y dubitativo atrás, donde Piqué pareció incómodo en el cambio de perfil para ser central izquierdo y facilitar la entrada de Bartra a su derecha. Fue un despeje pifiado del zaguero internacional con la zurda el que activó un partido aletargado cuando transitaba por la media hora de inocuo trasteo. Respondió Pinto, que evitó primero el gol en propia meta y en el rechace sacó, felino, el remate de Oubiña.

Para entonces el Celta ya transitaba por el partido con cierta comodidad, apenas importunado por algún cambio de orientación en busca de la velocidad de Tello o las consabidas apariciones de Messi. Ni siquiera precisó que aparecieran tipos como Pranjic o Park, que pasaron de puntillas por el partido. Ahí estaba, ejemplar una vez más, Oubiña, que tuvo presencia en las dos áreas y resolvió con grandeza su trabajo entre ellas. Su postrero gol salvó un punto para su equipo, pero antes una recuperación suya en mediocampo desbarató el entramado culé y estuvo en el nacimiento del tanto que adelantó al Celta, acción que evidenció la descolocación y el despiste de Song, que fue a rebufo de la acción todo el tiempo. Marcó Insa tras lanzarse a un remate fallido de Orellana. De inmediato Messi engranó otra marcha, solo Oubiña pudo detenerlo a costa de una amonestación en un vertiginoso eslalon hacia Varas; tuvo además el meta que sacar un libre directo que se colaba junto al palo. Atinó a la tercera el rosarino, de nuevo en el rol de pasador, para encontrar a Tello, que empató antes del descanso.

La igualada apenas cinco minutos después de verse en desventaja y con tal despliegue de su estrella, impidió que el Barça entrara en problemas. Recuperó el tran-tran anterior, sin una producción excesiva, y esperó su momento, el de Messi, que volvió a encontrar a Tello tras una línea de pase. Visto desde fuera parece sencillo: controló entre la medular y el área, abrió a la banda, entró hacia la meta, esperó el pase y lo colocó en la red. Todo eso vale millones. Muchos más que Oubiña, pero hay valores que exceden al dinero y que el modesto saborea como pocos: el compromiso, el liderazgo, la capacidad. Todo eso mostró el capitán del Celta, tan decisivo como el mejor futbolista del mundo.

Periodista deportivo

MÁS EN Fútbol