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Fútbol

Un proyectil brasileño

Su lema personal, una sentencia que lo acompaña desde que debutó hace apenas un par de años con el Sao Paulo, podría parecer un aforismo presuntuoso en un "garoto" de veinte años: "Yo quiero. Yo puedo. Yo consigo". Pero tras esa ambiciosa carta de presentación y bajo una cabeza que da síntomas de estar bien amueblada se esconde un potencial futbolístico de primer nivel. Lo padeció el Valencia en Mestalla, y especialmente Andrés Guardado, incapaz de neutralizar a un proyectil brasileño que supo añadir un ponzoñoso juego de cintura a su explosividad natural y a sus devastadores cambios de ritmo.

El repertorio de frenadas, regates y aceleraciones de Lucas Moura (Sao Paulo, 1992) posee el aditivo de una velocidad extra muy difícil de contrarrestar. Ser capaz de que la pelota obedezca a su magnífica pierna derecha aun con la quinta marcha metida es privilegio de pocos jugadores. Y París ya sueña con algo grande, pese a que apenas ha presenciado un puñado de actuaciones de su carísimo hijo adoptivo, que mezcla bien con la potencia de Lavezzi, con el vasto repertorio de Ibrahimovic y con el ilusionista Pastore. Mientras, en Brasil, hasta el mismísimo Zico se rinde a sus encantos: "Lucas me gusta mucho y tiene todo para crecer en Europa. Posee un fútbol objetivo, juega para el gol y para el equipo. Creo que puede ser incluso más importante que Neymar en el próximo mundial". La afición del PSG ha elegido al paulista como mejor jugador del mes de febrero. Lucas todavía no ha marcado una sola diana, pese a que tiene una pegada formidable, pero ya suma tres pases de gol en la liga francesa y otro en su descollante debut en la Champions en Valencia. El PSG todavía no ha perdido con él como titular. La capacidad de aceleración que muestra sobre el césped parece una metáfora de su vertiginoso asalto al profesionalismo. El fútbol sala pulió su técnica en edad alevín. Pasó por la academia que Marcelinho Carioca, aquel pequeño centrocampista brasileño de fugaz paso por Mestalla en la campaña 97-98, tiene en el cinturón industrial de Sao Paulo. Militó en la cantera del Juventus, en el distrito paulista de Mooca y después tres años en la del Corinthians, de donde salió con casi 14: su familia fue seducida por la prestigiosa estructura del fútbol base del Sao Paulo, semillero de muchos grandes jugadores que han triunfado en Europa en las últimas dos décadas. A los 18 ya estaba en el primer equipo, protagonizando un impacto inmediato en un club de gran exigencia. En esa época le llamaban Marcelinho, por su parecido físico con el exjugador del Valencia y porque había otros Lucas en plantilla. Pero con sólo diez partidos como profesional ya había hecho méritos para reivindicar que se le conociera con su nombre de bautismo.

Lucas Moura pasó de promesa a realidad de manera inmediata. En febrero de 2011 disputó el Campeonato sudamericano sub20 de selecciones. Junto al santista Neymar forjó una complicidad devastadora: Brasil masacró a Uruguay en la final (6-0) con tres tantos de Lucas, que apenas dos meses después debutaría con la selección absoluta ante Escocia. Ahora se le considera pieza básica en la escuadra de Scolari que prepara el mundial 2014. Su trepidante evolución difuminaba los defectos que debe pulir: Apenas maneja la pierna izquierda, va corrigiendo la tendencia a conducir demasiado el balón y tiene ciertas dificultades en el trabajo defensivo jugando en la media punta o escorado a la banda derecha. Detalles menores en comparación con su magnífica habilidad en el regate, su creciente seguridad como pasador, sus recursos de velocista y su remate, tan potente como atildado. Su último técnico en el Sao Paulo fue Ney Franco, un muy competente y sensible formador poco dado al elogio hinchado que además hizo debutar a Lucas en las selecciones de base de Brasil. "Desequilibrante o determinante son palabras muy fuertes, pero creo que encajan para definir a Lucas. Es importante en el plano táctico y provoca una preocupación constante en el adversario", afirma el técnico. Bajo el mando de Franco el Sao Paulo conquistó el pasado diciembre la Copa Sudamericana, el segundo título continental más importante tras la Libertadores. Derrotó al Tigre en una polémica final en el estadio Morumbi, al que no saltaron los argentinos para disputar la segunda parte acusando a la policía brasileña de haberles agredido en los vestuarios. El Sao Paulo ganaba 2-0, con un bello tanto y una asistencia de Lucas Moura que esa noche disputaba su último partido con la camiseta tricolor entre inconmensurables muestras de cariño del público. El árbitro dio por finalizado el partido. Lucas cumplía el sueño de despedirse del Sao Paulo con un título. Y además recibió un inesperado y emotivo regalo final: Rogerio Ceni, el eterno capitán del equipo, el guardameta más goleador del historia del fútbol, y una referencia ética y profesional para cualquier jugador brasileño, le colocó el brazalete de capitán invitándole al estrado para alzar el trofeo. "Siente la emoción de levantar una Copa y marcar tu nombre en la eternidad" le dijo al oído. El emocionado Lucas Moura ponía rumbo a París. Leonardo, el director deportivo del PSG y exjugador del Sao Paulo, llevaba un año convenciéndole para dar el salto. Otros equipos europeos lo habían intentado, e incluso Florentino Pérez se había dejado ver meses atrás con los padres del jugador de visita en el Bernabeu. Finalmente el club galo pagó 40 millones de euros por el traspaso, el más caro de un jugador de la liga brasileña. En los despachos de Chamartín saben que hace poco más dos años podrían haberlo tenido por una cifra mucho menor, pero la cicatera estrategia económica pesó más que los muy favorables informes deportivos.

Ahora el Parque de los Príncipes se ilusiona con Lucas Moura, que no parece intimidado por la presión de su precio. Un estadio en el que se sentirá querido. No en vano, otros 26 brasileños han defendido la camiseta del PSG. Gente capaz de iluminar hasta la mismísima ciudad de la luz, como Ronaldinho, Valdo o al adorado Raí, al que el estadio del club parisino despidió en 1998 con un mosaico que combinaba su efigie con la bandera brasileña. Con una reverencia colectiva que emocionó hasta el llanto al elegante centrocampista mientras la gente entonaba la música de "Aquarela do Brasil".

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