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Fútbol

Enemigos íntimos

Necesitado de liderazgo como está el Barça, Sandro Rosell ha ejercido finalmente de presidente sin más acompañante que el portavoz Toni Freixa. La comparecencia de Rosell el lunes fue oportuna para los socios y aficionados barcelonistas y resultó también un interesante ejercicio informativo.

Aunque a Rosell le cuesta encontrar un tono institucional en sus comparecencias y adopta una posición defensiva, estuvo resolutivo en la parcela deportiva: el entrenador es y será Tito Vilanova y, en su ausencia, manda Jordi Roura. No hay margen para la duda ni siquiera para quienes proponían fórmulas tan recurrentes como la de acudir a Carles Rexach. La alternativa de Charly no dejaría de ser curiosa porque hay quien sostiene que cuando escucha a Roura le parece oír a Rexach, como si hoy los técnicos estuvieran más cerca de las tesis del que fuera 7 del Barça que del 4 de Guardiola. Opinable o discutible, la intervención de Rosell fue en cualquier caso tan convincente que el barcelonismo la asumió con naturalidad.

También pareció razonable que el presidente anunciara que el club emprenderá acciones jurídicas para descubrir a quién y por qué motivo se espió en el club. Ya se sabe que cada junta coloca a sus empleados cualificados en los puestos más delicados, sobre todo el que hace referencia a la informática, y ahora mismo hay alguna factura y varios correos por identificar de la anterior junta.

Las explicaciones sobre la grada de animación y la sentencia de los avales fueron, en cambio, sorprendentes y muy discutibles, fiel reflejo de cómo actúa el consejo, la dificultad de interpretarle y la necesidad de una buena praxis periodística para controlar su acción de gobierno. Ràdio Barcelona descubrió que el club suministraba entradas a bajo precio a aficionados radicales y Catalunya Ràdio consiguió que el vicepresidente Jordi Cardoner confirmara que la candidatura de Rosell firmó durante la campaña electoral un pacto con grupos radicales entre los que estaban los Boixos Nois. Los miembros del consejo no solo habían negado siempre la información ahora confirmada, sino que incluso admitieron que habían tratado con los aficionados sin el consentimiento de los Mossos.

Hay más sospechas no confirmadas y puede que sean falsas. No está probado que Rosell y su candidatura estuvieran relacionados con la moción de censura emprendida por Oriol Giralt contra Laporta; ni tampoco que la junta tenga algo que ver con Vicenç Pla, al que el Tribunal Supremo ha dado la razón sobre la sentencia de los avales que afecta al expresidente y siete exdirectivos. Tiene razón Rosell cuando se enfada con informaciones no probadas y publicadas por EL PAÍS en piezas de opinión —ahí queda escrito—.

El presidente no puede negar, por el contrario, su activa participación y la de varios directivos en favor de la moción promovida por Giralt en 2008, ni tampoco que Pla fue invitado a la asamblea de 2011 —los socios decidieron emprender una acción de responsabilidad contra la junta de Laporta—. Igualmente extraño está siendo hoy el comportamiento de Pla y la directiva, que se han pasado la pelota sobre la ejecución de la sentencia, una vez que ya es irrevocable. Nadie sabe muy bien cómo acabará el asunto de los avales ni la acción de responsabilidad.

Aunque no tengan nada que ver, los intereses de la directiva y de la Associació de Defensa dels Drets dels Socis i Sòcies del Barça —a la que pertenece Pla— han sido coincidentes. Ambos han combatido la obra de Laporta y se han visto alineados con los sectores favorables a Núñez desde que se decidió no levantar la alfombra de Gaspart. El problema no está en una actuación plenamente legítima, sino en el cinismo con el que se explica el consejo de Rosell. Asegura Freixa que no pactaron el regreso al campo de los grupos fanáticos a cambio de su apoyo electoral, sino para poner en marcha una grada de animación solicitada por los futbolistas y para favorecer la integración de unos jóvenes “muy majos”. La integración solo ha funcionado curiosamente en una dirección, la misma en la que también forman los discípulos de Casaus, y ha repelido a los sectores más críticos, como por ejemplo el de Cruyff.

Y ahí el problema de Rosell. Aunque está en su derecho, no puede ejercer de presidente de la misma manera que actuó como opositor. El revanchismo es peligroso porque se corre el riesgo de agravar el desgarro institucional. El Barça es hoy víctima del odio que se tienen Rosell, Laporta y Ferran Soriano, compañeros en la junta de 2003. Tres enemigos irreconciliables cuyos egos son infinitamente superiores a los celos que puedan tenerse Messi, Cesc y Xavi. Ocurre que ahora le toca gobernar a Rosell y, por tanto, no procede disimular ni conspirar como cuando le movía la silla a Laporta. Tampoco Laporta debería proceder como antes Rosell. Y ambos deberían olvidarse de Soriano. La situación es tan delicada que igual no complace ni a Núñez, que se ha tomado cumplida revancha de la moción de censura que le puso Laporta en 1998. El entramado jurídico que se ha montado desde entonces ha provocado con el tiempo, ni que sea casualmente —o no—, que Núñez y Rosell compartan los mismos enemigos y amigos en el Barça.

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