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“El dolor ya no se va a ir”

La imagen es una cama fabricada en el pasillo de un autobús con una colchoneta de yoga, un edredón y dos almohadas. En ella se ve a Amaya Valdemoro, una mujer de 36 años y más de 1,80m de altura, la mejor jugadora de baloncesto de la historia de España, intentando descansar en uno de los rocambolescos viajes de su anterior equipo, el Tarsus Belediyesi de Turquía. De vuelta a Madrid, la jugadora se ríe al mostrar la fotografía en su móvil, pero asume que la experiencia, de apenas unos meses, le ha resultado traumática. Tanto que pensó en dejar el baloncesto y necesitó un mes y medio para replantearse su vida. La respuesta fue la de siempre: jugar al baloncesto, aunque con más cuidado. Ha elegido el Canoe, un histórico ahora en Segunda División, para llegar con fuerza a la selección, que en junio disputará en Francia el Europeo.

No es que la Liga turca no le motivara. Para Valdemoro es la más competitiva de Europa. Tampoco que el equipo estuviera mal. El Tarsus lleva seis años en Primera y disputaba la Euroliga. Las compañeras, el equipo técnico, el fisio… “todo fenomenal”. Deportivamente tampoco tenía queja, jugaba muchos minutos y tenía una media anotadora de 13,5 puntos, la mejor forma de recuperarse tras romperse las dos muñecas en octubre de 2011 y pasar casi una temporada parada.

Era la peculiar forma de hacer las cosas lo que no la encajaba. Los viajes: “El pabellón estaba en obras para los Juegos del Mediterráneo y todos los partidos los jugábamos fuera. Hemos hecho viajes de 18 horas en autobús”. La cultura del club: “Me sorprendió que las primas se repartían por jerarquías y según el presidente considerara quién había aportado más o menos. Era un examen continuo. No creo que tengamos que vivir bajo un palo…”, explica al tiempo que recuerda cómo el excéntrico presidente del club, que se sentaba en el banquillo, podía llegar a un entrenamiento y sacar un fajo de billetes para premiar a las jugadoras que encestaran desde el medio del campo. “Yo no tiraba”, dice Amaya.

“El día a día era durísimo”, resume una mujer con 20 años de experiencia en la élite, que ha jugado en Estados Unidos, Brasil y Rusia, además de en casi todos los equipos españoles importantes. Aguantó hasta Navidad: “Tuve una contractura y, al estar lesionada, pregunté al club si me podía volver a España un día antes y me dijeron que no, que me quedaba encerrada, que me quitaban Internet… Les dije que me iba. Me podía haber quedado sin jugar y cobrar todo el contrato, pero al final no me compensa”.

“Pensé en dejarlo todo”, reconoce. “Cuando volví a España no quería hablar con nadie, ni jugar. Fue un bajón anímico muy grande. Pero lo que tenía claro es que a la selección iba a ir”. Ahí aparece el Canoe, al que ella mismo llamó para ofrecerse. Valdemoro no cobrará un euro, pero a cambio tendrá minutos para llegar en forma a la cita de este verano con España. En el club trabajan los médicos de la selección que cuidan el maltrecho cuerpo de Amaya, con doble fractura de muñecas, problemas en un gemelo y operada de las dos rodillas. “El dolor ya no se va a ir”, asume; “Ahora tengo que ir siempre con el freno de mano echado”.

Su vida parece más la de un convaleciente que la de una jugadora de élite. “Lunes y miércoles hago Pilates y algo de físico; los martes y jueves, entreno con el Canoe. Y lunes, miércoles y viernes, fisio. En casa tengo además una máquina Indiba para recuperarme y viene un fisio a tratarme”. El reto es llegar hasta el verano para batir el récord de internacionalidades. Sabe de memoria cuántas veces ha vestido la camiseta de la selección: “244. Si juego todos los partidos bato el récord. Es un reto”, dice. Hasta entonces seguirá divirtiéndose en el Canoe. “Me parto con mis compañeras. Soy como su madre y se quedan cortadas con mis vaciles”. Entre la colección de anécdotas, la cara de sorpresa que pusieron cuando pidió incluir Paquito el chocolatero en un cd para el calentamiento. “Es un hit desde 1937. Yo meto triples con esto”, cuenta. “No pudieron bajarla, pero acabó el partido y todas comenzaron a cantarla”. El mejor ambiente para olvidar el trago de Turquía.

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