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Con la ley se topó Eufemiano

En un juicio penal los abogados son gente peligrosa a las que se les afilan los colmillos si llegado su turno de preguntas ven a un testigo o a un experto de la parte contraria sudar y sudar más, y se recrean entonces en su interrogatorio y sonríen cuando consiguen finalmente su objetivo, cuando el experto o testigo levanta bandera blanca, contesta balbuceando y, finalmente, rendido, se contradice o acaba diciendo lo primero que se le pasa por la cabeza para pasar el trago.

“Se trata de conseguir que el experto no diga solo lo que quiere decir, lo que puso en su informe, sino lo que le gustaría no decir, lo que calló”, explicaba, con mucha más simplicidad, una de las letradas de la acusación poco antes de que entrara en la sala Antonio Rico Revuelta, médico canario, experto en bancos de sangre, el último de los expertos que deben prestar sus conocimientos al tribunal en el interminable juicio a Eufemiano Fuentes, Manolo Saiz, Yolanda Fuentes, Vicente Belda e Ignacio Labarta por un delito contra la salud desvelado en la Operación Puerto. Más de seis horas después, la misma letrada era de las que abandonaron la sala con la sonrisa de los demoledores, mientras Rico, el hombre en quien Fuentes pensó edificar su defensa, suspiraba de alivio porque la tortura había finalizado.

Michele Ferrari, otro de los grandes profetas de las bondades de un buen hematocrito para el rendimiento de los ciclistas, pasó a la historia, entre otras cosas, por comparar la peligrosidad de la EPO a la del zumo de naranja: no es la sustancia sino la dosis lo que hace daño a la salud (también podría haber dicho que se mueren más maratonianos por beber más agua de la necesaria en una carrera que por ponerse EPO antes, y el escándalo habría sido similar). Lo dijo para justificar que sus ciclistas se inyectaran EPO, de la misma forma que Eufemiano, más médico en todo caso, defendió el valor terapéutico de las autotransfusiones de sangre con las que aumentaba el hematocrito de sus ciclistas y atletas.

Con el fervor de un misionero de la sangre, lo que confesó ser desde los 16 años, en esa tesis abundó profuso Rico Revuelta, quien también fue uno de los primeros maestros de Fuentes en sus prácticas. Apoyado en estadísticas oficiales, descartó cualquier tipo de peligro grave en las transfusiones y autotransfusiones, defendió su uso en variadas circunstancias y hasta propugnó que todo ciudadano viviría mejor si tuviera guardada una bolsa de concentrado de hematíes congelado por si acaso. “Yo mismo lo haría, si no fuera tan caro”, dijo. “Y hay bancos de sangre privados en Estados Unidos en la que los millonarios tienen la suya. Y en las clínicas antienvejecimiento en España ponen inyecciones intramusculares con la sangre recién extraída del cliente, y están permitidas. Y hasta en España, en Madrid, hay un banco de sangre privado autorizado”. Seguramente no se refería el experto al banco privado de Fuentes, pues ni estaba autorizado ni cumplía ninguna de las normas legales, según admitió a regañadientes a las preguntas en ataque combinado de fiscal, abogada del estado y diferentes acusaciones, quienes no conformes con tal demolición de su informe también atacaron las bases principales de la defensa del uso terapéutico de las transfusiones en deportistas jóvenes y sanos.

En el juicio también se dicen en los pasillos cosas que no se pueden decir en la sala, a veces las más importantes. Fuentes, por ejemplo, perplejo por cómo la ley no entendía el sentido común médico, destacaba la contradicción de que no se le juzgaba por dopaje, sino por delito contra la salud, cuando sus clientes, millonarios como los clientes de los bancos de sangre de EE UU, estaban más sanos que nadie. Y añadió: "Si solo me hubiera dedicado a los toreros, pues les preparaba bolsas a dos que se las querían llevar por esas plazas de Dios, no estaría aquí. Y fíjate, a Manolete le mató una transfusión con sangre no compatible. Si hubiera tenido una bolsa con su sangre… Y Paquirri no se habría desangrado".

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